Ciudadanos o la perversión de la política

Albert Rivera

Foto: publico.es (REUTERS / Andrea Comas)

 

Ciudadanos llegó a la política para regenerarla y ha acabado convirtiéndose, por activa o por pasiva, en el mayor sustentáculo de la corrupción en las instituciones. En una pirueta política casi imposible de concebir, la formación naranja ha conseguido erigirse como líder de la oposición en la opinión pública al tiempo que se abstiene o se alinea con el Gobierno en casi todas las votaciones parlamentarias. Es una maniobra digna de admiración. Pero el problema no es que se hayan instalado en un cinismo manifiesto; el problema es que funciona.

La primera señal que indicaba que el partido no tenía ninguna intención de obrar de buena fe llegó con el discurso de la lista más votada. Junto con el Partido Popular, en Ciudadanos repitieron hasta la saciedad que el gobierno legítimo era el formado por la lista con el mayor número de votos. Pero, ¿qué lista?. Rivera sabe que en su papeleta (Madrid) no aparece lo mismo que en la mía (Salamanca), y que hay tantas listas como circunscripciones electorales. También sabe que en las elecciones generales se elige al poder legislativo y no al ejecutivo, y que la ciudadanía, cuando vota, es plenamente consciente del posible juego de alianzas dentro del Parlamento. Pero nada de eso importa, porque una mentira se convierte en verdad cuando se repite un número de veces suficiente: que gobierne la lista más votada. Es una idea sencilla, cautivadora, y la gente la compró. Esta misma idea, sin embargo, no le impidió apoyar al ejecutivo de Sánchez y al de Rajoy indistintamente cuando la repetición de elecciones no se alineaba con sus intereses. Todo en nombre de la estabilidad. Es decir, de la parálisis.

Pero ese solo fue el inicio de una larga trayectoria de hipocresías y desvergüenzas. En cada situación que ha clamado la necesidad de altura política, han demostrado que siempre se puede caer más bajo. Cambiaron su posición respecto a la prisión permanente revisable y decidieron apelar a la entraña antes que al civismo y la mesura, utilizando el Código Penal como instrumento de medida del dolor. Combaten el nacionalismo catalán – y de paso niegan la existencia de cualquier otro conflicto social – con un nacionalismo español más reaccionario del que el PP más conservador haya hecho gala nunca. Y se congratulan de haber apartado a Cristina Cifuentes de la Comunidad de Madrid que, saben, de haber sido por su contundente reacción, habría seguido gobernando diez años más sin necesidad de justificarse.

Hoy, después de años de batalla legal, la contabilidad B del PP ha quedado judicialmente acreditada. Pero Ciudadanos, que apoyó al PSOE sin la existencia de una sentencia condenatoria, no encuentra ahora motivos suficientes para apoyar una moción de censura que ponga fin a esta situación insostenible. Porque le molesta menos el gobierno de una derecha corrupta que la mera posibilidad de un gobierno alternativo que amenace la frágil armonía de su discurso: neoliberal y nacionalista a partes iguales, pero que se presenta como tecnócrata e inclusivo. Así, bajo el pretexto de que la convocatoria de elecciones es la única salida democrática, se vuelve a alinear con el PP. Y lo hace, además, esgrimiendo los mismos argumentos.

Reprochan a Sánchez querer llegar a la Moncloa porque, al parecer, que un partido político se comporte como un partido político no es democrático, y además le acusan de querer hacerlo de la mano de los nacionalistas. Y esta es la cuestión más llamativa, no solo porque ellos no tengan ningún reparo en utilizar esos votos, sino porque les niegan el derecho a irse y a la vez pretenden excluirlos de todos los asuntos y negociaciones comunes: que se queden pero solo como espectadores. Un planteamiento que, más allá del puro electoralismo, responde a un error de base en la concepción del Estado autonómico: aspirar a coexistir sin molestarnos en exceso en lugar de promover una verdadera convivencia que nos permita cogobernar España juntos. Además, continúan, les parece antidemocrático pactar en los despachos en lugar de dejar que hable la ciudadanía en las urnas. Pero eso que ahora bautizan como pacto de despachos ya tenía un nombre antes, democracia parlamentaria, que es precisamente la que garantiza que una crisis en el gobierno no se extienda necesariamente al resto de instituciones, especialmente en el caso de una moción constructiva como la que recoge nuestra Constitución.

Todo esto en Ciudadanos ya lo saben, claro, aunque hace tiempo que les da igual. Por eso me dirijo abiertamente a la izquierda. Urge aprobar esta moción de censura y restablecer la integridad institucional. Urge echar a las derechas de los gobiernos y acordar un pacto de mínimos que garantice condiciones de vida dignas para todos. Y urge recuperar la política como instrumento de mediación – y no de estimulación – del conflicto social.

¿Qué tal si empezamos por recuperar la perspectiva de una vez por todas?

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Redefinir la violencia

1 Hermana yo te creo

Concentración contra la sentencia de La Manada – Salamanca

[Artículo publicado originalmente en La Voz de Salamanca, disponible en: http://www.lavozdesalamanca.es/ultima-noticia/redefinir-la-violencia/

No soy jurista. Quiero dejar clara esta cuestión desde el principio porque, dadas las exigencias de los últimos días, parece una declaración pertinente y necesaria, aunque en ningún caso es una disculpa. Tengo una opinión sobre lo sucedido, y sobre lo decidido, y toda la intención de expresarla. Si alguien quiere dejar de leer, este es el momento de hacerlo.

El mundo del Derecho es complejo y sofisticado, y es necesario contar con ciertos conocimientos al respecto para entender cómo funciona, es verdad. Pero el Derecho no es una burbuja aislada de la realidad individual y social de las personas, impenetrable e imposible de comprender. Muy al contrario, la capacidad de los ciudadanos para entender e interactuar con el Estado de Derecho por el que se encuentran regidos es una buena señal, muestra que la sociedad política goza de buena salud y es, en última instancia, lo que nos permite hablar en términos de Justicia e injusticia. La Ley se reconoce como propia. Esto es aplicable cuando hay conformidad y también cuando hay disconformidad. No habría por qué pensar que las muestras de discrepancia denotan falta de conocimiento (¡vaya fórmula han encontrado algunos para evitar posicionarse!) y que las de aprobación reflejan respeto por las instituciones, pues también podrían revelar simple apatía. Es más, solo quien espera algo de ellas, quien deposita su confianza en ellas, puede experimentar decepción o incluso enfado y sentir la necesidad de interpelarlas, como quien reclama un reajuste. Y en esas estamos.

Las muestras de disconformidad de los últimos días (indignación, desconsuelo, confusión, enfado, impotencia…) son el reflejo de una ciudadanía concienciada y activa que siente – sentimos – que no se ha hecho justicia. Peor, que se ha dado alas a la injusticia que de por sí supone vivir en un mundo en el que vales menos, tu voz apenas se escucha y, sobre todo, solo existes en relación con los demás (hombres). En palabras de Elena Díez y Dolores Mirón1, las mujeres son seres-para-otros, mientras que los hombres son seres-para-sí: simplemente, son. Este planteamiento llega a sus últimas consecuencias cuando se produce una violación: una mujer que va sola por la calle no es de nadie y, por tanto, es de todos. En el cielo aparece un cartel con luces de neón en el que leen « Vía libre: proceda ». La sentencia de la manada nos recuerda, una vez más, que esto forma parte del imaginario colectivo hasta puntos que creíamos superados, y que no va a cambiar salvo que hagamos algo al respecto.

Si preguntásemos una por una a todas las mujeres, apenas habría diferencias en lo que cada una considera un abuso sexual y una violación. Si la ley y sus tecnicismos no son capaces de reflejar con fidelidad algo que aparece con tanta claridad en la mente de las mujeres, la legislación debe ser reformada, no hay duda, y yo seré la primera en pelear por ello. Pero no nos equivoquemos, el caso que nos ocupa no es un problema técnico, legal. No solo, al menos; porque si lo fuera, esa sentencia debería haber contado con una rotunda unanimidad y, sin embargo, habiendo presenciado los mismos testimonios y examinado las mismas pruebas, un juez ha determinado que lo que aconteció fue una orgía consentida y, otros dos, un abuso sexual. El margen es amplio (y la desfachatez también).

La parte correspondiente a los hechos probados, es decir, la descripción objetiva no valorativa del caso, ofrece una versión de los hechos que pone a prueba el aguante de cualquier persona dotada de sensibilidad. Recoge un relato en el que es imposible no percibir violencia e intimidación en cada una de sus líneas, pero las consecuencias jurídicas que le siguen distan mucho de lo que se había aceptado previamente. Resulta que los jueces (los que no han visto una fiesta grabada, quiero decir), que han aceptado como prueba el informe de un detective privado que describe cómo una chica de 20 años hace la vida de una chica de 20 años, y los mismos que han visto conversaciones anteriores de los acusados en los que se hablaba explícitamente de violaciones, nos dicen que eso de agresión sexual es demasiado fuerte porque solo ha habido prevalimiento (aprovechamiento de las ventajas que provee una situación de superioridad general, como la que se da entre un empleador y su empleado). Y nos dicen que es un matiz legal importante. Pero los matices sirven para aprehender mejor la realidad, no para distorsionarla. No, no se trata de ningún matiz que no somos capaces de entender, igual que no se trata de lo que la ley vigente recoge, pues el margen de interpretación permitía sobradamente hacer justicia, como han defendido diversos jueces no implicados. Se trata de una interpretación personal que nos niega hasta el derecho a llamar a las cosas por su nombre, y que nos deja un poco más desprotegidas de lo que ya estábamos y nos sentíamos.

Leo la prensa y escucho a los comentaristas (aquí sí está permitido opinar) y observo atónita cómo sentencian a tres años de cárcel a un rapero por canciones que enaltecen el terrorismo, cómo los CDR son comparados con ETA y cómo una pelea de bar te convierte en una amenaza pública que requiere más de 60 años de cárcel. Pensaréis, Hombre, no es igual. Y no es igual, pero es lo mismo. Porque últimamente todo es violencia, menos la violencia contra las mujeres.

1: Díez Jorge, E. y Mirón Pérez, D. (2004): “Una paz femenina”, en Molina Rueda, B. y Muñoz Muñoz, F. Manual de paz y conflictos. Universidad de Granada, págs. 67-94.

 

Sí importa el modo en que un hombre se hunde

[Escrito inicialmente el 29 de marzo de 2018]*

La universalidad, especialmente cuando se encuentra ligada al reconocimiento de derechos, es un concepto tan atractivo como recurrente. Universal se ha llamado al sufragio masculino a pesar de no contar con la mitad de la población, y universal se sigue denominando a derechos de los que difícilmente todos gozan, empezando por los más elementales: la vida, la libertad y la seguridad (art. 3 DUDH). Allí donde aparece el término universal, nace la sospecha; pues la Historia nos ha enseñado que, en demasiadas ocasiones, lo universal es, en realidad, una muestra más de los desequilibrios de poder. Bien porque se universalizan las preferencias de los que cuentan con las condiciones para imponerlas, o bien porque solo ellos disfrutan de los beneficios que entrañan. Esta es la Historia de la Humanidad y esta es la cuestión que la Humanidad debe resolver para poder reconocerse como tal. ¿Son los Derechos Humanos verdaderamente universales? Todos los textos legales parecen indicar que sí y, sin embargo, el único barco que quedaba en el Mediterráneo haciendo efectivo el más básico derecho, el derecho a la vida, se encuentra incautado – secuestrado – por la Justicia italiana, que considera que “favorece la inmigración irregular”. Indescriptible. Se me ocurren unos cuantos gobiernos a los que también se podría incautar por favorecer la migración masiva de civiles.

Los Derechos Humanos tienen poco o nada de universales, al menos en lo que a la práctica se refiere. No están entre los intereses de los Estados y tampoco entre los de las Naciones Unidas, que tienen mucho de nación y poco de unidad. Porque es este primer concepto, la Nación, tan atractivo y recurrente como el de Universalidad, el que sigue dictando la manera de proceder de los Estados. ¿Irónico, no? Discursos como el del Front National, la Liga Norte o el republicanismo de Trump no se construyen sobre el vacío, han encontrado su espacio porque es un terreno poco discutido y poco batallado: todos hemos aceptado de alguna manera el discurso de la securitización, es decir, la equiparación entre inmigración y amenaza para la seguridad. Por eso permanecemos inmutables mientras las ONG desaparecen del mar y los fallecidos aumentan por miles. Porque no se trata de Derechos Humanos; siempre han sido derechos de los nacionales.

La cuestión de la patria y las nacionalidades no es una simple construcción discursiva, ni apela a un mero sentimiento de pertenencia, es la piedra angular del Derecho (Internacional). Solo cuando perteneces a un espacio físico determinado, te conviertes en persona; no antes. La condición de nacional te otorga la de ser humano, y aquí el orden de factores es esencial para entender el producto. Ya en 1954 y en 1961, conscientes de lo que implica no formar parte de ningún lugar, de ninguna patria, se aprobaron dos Convenciones que buscaban reducir las situaciones de apatridia en el mundo, tan frecuentemente olvidadas. Apátridas son los rohingyas que viven al margen de la ley en Birmania, porque esa misma ley no les considera ciudadanos; los palestinos expulsados de su propio territorio; o los kurdos, diseminados por distintos países y maltratados por igual en todos ellos. Pero apátridas también son, a todos los efectos, los que vagan por el mar sin una patria a la que volver, porque está destruida o en proceso de estarlo, y sin una patria a la que llegar, porque nadie les reconoce como propios. Ni siquiera como pertenecientes a una misma raza, la raza humana.

Dentro de unos años se llenarán los cines con las heroicas hazañas de los tripulantes del Open Arms, ¡tal es la hipocresía en la que nos hemos instalado!, pero lo cierto es que hoy, la indiferencia del Gobierno, los medios de comunicación y la sociedad civil resulta vergonzosa y descorazonadora. En medio de lo que podríamos considerar un rebrote del espíritu del 15M, los más maltratados, los que se encuentran por debajo de los que están abajo, siguen siendo inexistentes a nuestros ojos. Como si se tratase de una leyenda, lejana y ficticia. Tomando prestado de Rodrigo Cortés el título de su primera novela: sí importa el modo en que un hombre se hunde. Y estos hombres y mujeres a los que echamos de sus patrias, y de las nuestras, se están hundiendo de la peor manera posible.

Esta es sin duda una carta de denuncia, pero también quiere ser un reconocimiento a la labor de tanta gente que se ha cargado a la espalda la responsabilidad y el trabajo de mantener la vida, una tarea que debería ser compartida por todos y que debería constituir la prioridad número uno de los Estados. Aún no he descubierto qué pienso exactamente cuando pienso la Patria; pero sé que hoy tiene forma de barco, y que no está donde tiene que estar.

1 #FREEOPENARMS

 

SALVAR VIDAS NO ES UN DELITO.

*Hoy, la Justicia italiana ha liberado el barco de Proactiva Open Arms. 

Parar el mundo, acelerar la Historia

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8-M. Salamanca

[Artículo publicado originalmente en La Voz de Salamanca (Tw: @VozSalamanca), que se puede encontrar aquí: http://www.lavozdesalamanca.es/culturas/parar-el-mundo-acelerar-la-historia/ ]

En su obra Sobre la revolución, Hannah Arendt distingue entre el proceso revolucionario francés y el americano por las experiencias desiguales de cada uno en materia de Libertad, entre otras cosas. Mientras en Francia la revolución surgía de un deseo teórico de libertad, en el Nuevo Mundo esta era ya, de alguna manera, una realidad social y política, pues los hombres americanos participaban en los asuntos públicos con relativa asiduidad: no como una carga, sino disfrutando del placer de las deliberaciones y las resoluciones que entrañaban. Por eso, dice Arendt, a lo largo del siglo XVIII en América se hablaba de felicidad pública y en Francia, carente de esta experiencia, solo de libertad pública.

La idea de felicidad pública, tan frecuentemente denostada y olvidada, ha encontrado en el feminismo su mayor defensor; sus mayores instructoras. Con el feminismo hemos aprendido que, frente a un sistema que rompe los vínculos humanos y maltrata la vida, la solidaridad, el hermanamiento y la construcción de comunidades no son solo una manera de resistir y prorrogar lo inevitable sino de cambiar verdaderamente el rumbo de los acontecimientos. El futuro es aquí, es ahora, y nos ha encontrado organizadas y dispuestas a combatir. ¿Es esto, pues, una guerra? Sí. Y no. Pues la única violencia que descubre es la del silencio impuesto durante siglos, y las únicas armas con las que cuenta son la voz y el convencimiento de que luchamos por lo que es justo. Ni un cristal roto, ni una persona herida, ni una carga policial. Somos mujeres en pie de paz. No destruimos, creamos; no matamos, cuidamos. #Paramos, pero no nos detenemos. Porque esto ya no hay quien lo frene.

Cualquier mujer feminista – y cualquier hombre feminista, me atrevería a añadir – experimentó ayer esa clase de felicidad que solo se halla en lo compartido. La esperanza y el orgullo de encontrarse formando parte de algo tan grande, tan de todas. Sin importar la militancia partidista o sindical, sin importar la generación ni la clase social, son todas las mujeres las que se han levantado para decir Hasta aquí hemos llegado. Y lejos de ser una huelga pija o elitista, como algunos vaticinaban, las manifestaciones de ayer avanzaban al ritmo de Mujer cuidadora, mujer trabajadora y Patriarcado y Capital, alianza criminal, entre otras proclamas. Porque no olvidamos a las que están abajo; las que trabajan sin cobrar, las que cobran una miseria, las explotadas y maltratadas. Inmigrantes, pensionistas, obreras. Las que ya no están. Todas juntas nos hemos agachado hasta estar a la misma altura y nos hemos impulsado a la vez, apoyadas las unas en las otras. Porque el feminismo también nos ha enseñado que nadie es más que nadie. Ningún hombre por encima de una mujer, ninguna mujer por encima de otra.

Así, académicas, periodistas, sanitarias, estudiantes, cuidadoras y todo un sinfín de mujeres trabajadoras llevaban semanas gestando esta felicidad, que ya se empezaba a sentir mucho antes del 8 de marzo. El Principito, ese manual de instrucciones sobre la vida, describía esa sensación hace un siglo como si supiera lo que estaba por venir. Decía:

Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, a partir de las tres empezaré a ser feliz. A medida que se acerque la hora me sentiré más feliz. Y a las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad!

Y con esa cadencia ascendente afrontábamos tantas mujeres la semana que empezaba. Escuchando a Pepa Bueno por las mañanas, leyendo manifiestos por las tardes, intercambiando opiniones con las mujeres que nos inspiran en el día a día. Hasta llegar a la noche del 7 sin poder dormir porque la emoción nos había desbordado antes incluso de empezar. No es el 8M, es todo lo que le rebasa. Porque hay veces en que la Historia se detiene durante décadas y ocasiones en las que se condensa en un solo instante en el que todo cambia. La manera de mirar, de mirarnos, de reconocernos en el sufrimiento del otro. Nadie está solo, dice Goytisolo, ¿no sientes, como yo, el dolor de su cuerpo repetido en el tuyo? ¿No te mana la sangre bajo los golpes ciegos? Nadie está solo. Ahora, en este mismo instante también a ti y a mí nos tienen maniatados. Nadie está solo. Y el feminismo nos ha cargado de instrumentos con los que entender colectivamente lo que nos duele, es decir, nos ha enseñado a hacer política. A construir un mundo más amable, más justo y más respetuoso con la vida y con los seres que la habitan. ¿No es esa la finalidad de cualquier movimiento social? ¿De cualquier norma social? El feminismo es la gran esperanza de todas las luchas colectivas, porque las concentra y las supera.

Decía Clara Campoamor que ella se reconocía feminista porque el feminismo es, en esencia, humanismo, pues no persigue más que el respeto a los derechos humanos. Y yo hoy me he levantado con el orgullo y la satisfacción de quien se sabe del lado de la Humanidad.

Gracias, compañeras. Sigamos haciendo Historia.

Cultos ignorantes

Es difícil tener el mismo grado de conocimiento o entendimiento sobre todas las cuestiones que entran en el debate público (que, en general, cada vez son menos), pero más difícil aún es contener la tentación de opinar sobre esos temas de los que sabemos menos. O poco. O nada. Todos lo hacemos, no es tan grave si se hace con prudencia. El problema viene cuando uno no es consciente de su propio desconocimiento y además hace gala de él como quien presume de un traje nuevo. Es ahí cuando uno se convierte en un ignorante. Y en un ignorante peligroso si además tienes voz en los medios de comunicación.

Javier Marías sabe menos, poco o nada sobre feminismo, pero se sigue empeñando – no sé si por el placer de la provocación o por el simple afán de llamar la atención – en llenar sus columnas de falacias sobre él (y sobre ellas: las feministas), en las que la precaución brilla por su ausencia. Hacía ya bastantes días que no escribía sobre el tema pero el clamor popular le estaba pidiendo a gritos que escribiera el siguiente artículo, que llegó antes de ayer en forma de columna en El País Semanal, Ojo con la barra libre. Y yo me he tomado la licencia de contestarle a algunos de sus argumentos (a todas sus falacias, en realidad).

Su artículo comienza aceptando que rebelarse contra las violaciones, el acoso o los tocamientos no consentidos es “algo bueno” (para ser escritor, hay que ver qué elección tan pobre de palabras, ¡con la de alternativas que hay! Sugerencia: es una cuestión de Justicia.),  PERO (siempre hay un pero) deja de ser tan bueno cuando se exagera o se anulan los matices. Por no llevarle la contraria en todo, aceptemos que ahí es cuando algo degenera y tomemos como parámetros para analizar su columna la exageración y la ausencia de matices.

En lo que respecta a la primera no cuesta mucho encontrar la mayor desproporción. El segundo párrafo habla de las dos pseudoverdades en las que se asienta, según él, el movimiento #MeToo (“y otros”, no sabemos cuáles) y a las que me referiré posteriormente: la creencia de que las mujeres siempre son víctimas y la creencia de que las mujeres nunca mienten. De pseudoverdad pasa a hablar de perversión de la Justicia y de ahí a compararnos con la Inquisición y con las principales dictaduras del siglo XX. Todo en cuatro líneas, sin matices y sin un vaso de agua para digerirlo mejor. Malditas feministas, todo el día asesinando y vulnerando los derechos humanos.

OH. WAIT. 

La falta de matices, por otro lado, es lo que más predomina en todo el texto, lo que le acaba llevando a simplificar y reducir la realidad hasta falsearla por completo. En primer lugar señala como momento del “estallido” el caso Weinstein y derivados, y señala que ya en 1910 se acuñó la expresión couch casting para referirse a ese tipo de prácticas, que si bien le parecen repugnantes, no contienen violencia (¿?), pues se trata más bien de una transacción (¿?) a la que las mujeres podían/pueden negarse. Que en 1910 ya existiera un término para designar esa realidad que todavía hoy se mantiene da buena muestra de la capacidad del patriarcado para sobrevivir a todos los cambios sociales y políticos que hemos atravesado en el último siglo. El machismo es transversal, permanente y cada vez más sofisticado. Su perdurabilidad, de la que el propio Marías da fe sacando a colación el término mencionado, debería darle alguna pista de hasta qué punto se trata de una cuestión sistémica y no de meros casos aislados que aparecen ahora por oportunismo o conveniencia, una visión que deja entrever en no pocos de sus artículos.

Sin embargo, lo que más asombra (la costumbre hace que cada vez menos) es la descripción que hace de estas escenas. En ellas no hay violencia, se produce una transacción en la que hay beneficios mutuos y siempre cabe responder no. Se me ocurren pocas valoraciones en las que se pueda apreciar tanta ausencia de matices como en esta. Afirmar que ese tipo de prácticas no encierran violencia es no entender nada de lo que significa el poder, es creer que el obrero entra a negociar con su patrón en igualdad de condiciones. En el momento en el que hay un desequilibrio de poder, y no creo que sea necesario explicar cuál es ese desequilibrio aquí, existe la posibilidad de ejercer la violencia porque existe la posibilidad de que el beneficiado de ese equilibrio abuse de su poder, que es exactamente lo que han hecho Weinstein y otros tantos a lo largo de toda su carrera profesional, y todo con el beneplácito de sus compañeros y de una sociedad que perpetúa los valores sobre los que se construyen y respaldan ese tipo de comportamientos. La violencia está en la intimidación, en el saberte en manos de otra persona, tanto profesionalmente como personalmente, en el sentir que no puedes decir no. Marías habla de pseudoverdades pero, ¿hay mayor pseudoverdad que la falacia de la libre elección? ¿Se puede elegir libremente cuando absolutamente todas las condiciones que posibilitan el ejercicio de la libertad están ausentes en una situación? Pero vayamos más allá, aceptemos que algunas han podido decir no. Cabría recordarle a Marías que el movimiento #MeToo surgió porque muchas dijeron no y ese no no fue respetado. Porque una mujer no tiene derecho a decirle que no a un hombre poderoso, especialmente si quieres ganarte la vida como actriz. A este escritor le parece que querer que nos den oportunidades únicamente por nuestro talento es pensar con “excesiva ingenuidad”. Y yo me pregunto por cuántos couch casting tuvo que pasar él para que le publicasen sus primeras novelas. Imagino que por muchos, porque solo alguien que ha vivido esa experiencia en primera persona se permitiría afirmar todo lo que dice con la rotundidad de quien se cree poseedor de la verdad absoluta.

La cuestión de los mutuos beneficios producto de esa transacción parece igualmente innecesaria de rebatir porque cae por su propio peso. Transacción implica Trabajo = salario (acorde al trabajo que desempeñas), todo lo que se sume a esa ecuación está fuera de lugar, máxime cuando vulnera la más básica integridad física. Eso, como decía, es violencia en estado puro, haya o no un guantazo de por medio (o peor). No existen beneficios mutuos, solo el aprovechamiento de una de las partes.

A continuación habla de las “no pocas mujeres” que han buscado a hombres viejos, ricos y desagradables exclusivamente por “interés y provecho”. Vamos a ver si entendemos una cosa. Que haya celebrities  (no nos engañemos, ese es el perfil de mujer al que se refiere) que por razones X, pongamos que interés y provecho, se casen con hombres con poder que además son despreciables, es más un asunto de la prensa rosa que una prueba de cómo las mujeres exageramos o cómo en realidad sacamos beneficio de este pacto unipolar en el que el hombre manda y la mujer calla. En el mundo hay más de 7000 millones de personas, de las que al menos la mitad son mujeres. ¿Cuántas mujeres cumplen con ese perfil? ¿30? ¿50? ¿1000? ¿Es acaso mínimamente representativo? Evidentemente no. Sin embargo da igual qué país elijas, en qué momento de la Historia, qué raza, etnia o religión intervenga, la desigualdad entre hombres y mujeres SIEMPRE encuentra respaldo en las estadísticas (bastante más representativas que los ejemplos que recoge Marías). Porque no olvidemos, y parece mentira que aún haya que recordarlo, que para hablar de cuestiones sociales hay que diferenciar entre lo individual y lo social. Es decir, entre los casos particulares y los patrones que se repiten y perpetúan a lo largo del tiempo y que indican que hay uno o varios factores estables que están determinando o condicionando una realidad determinada. Si son tantas las mujeres que cumplen el perfil que señala Marías, le invito a que lo respalde con algo más que su retórica.

Por último, como ya había adelantado, tenemos esas dos pseudoverdades en las que se supone nos apoyamos y que suponen la perversión más absoluta de la justicia. En primer lugar está la creencia de que las mujeres siempre son víctimas. A esto cabe responder dos cosas. La primera es que, como vengo de exponer, es necesario diferenciar lo particular de lo social. No todas las mujeres individualmente son víctimas, de la misma manera que no todos los hombres individualmente son victimarios. Pero, a nivel social, agregado, general, vivimos inmersos en un sistema ideológico que le da un estatus social diferente al hombre y a la mujer y que se perpetúa en el tiempo porque se transmite de generación en generación a través de las instituciones, las relaciones informales que mantenemos con los demás e incluso las que mantenemos con nosotros mismos. Como resultado obtenemos que ser mujer es, todavía hoy en día, un factor de riesgo. El único, de hecho. Porque nos agreden de día y de noche, tapadas y con minifalda. En el metro, en la calle, en nuestras casas, en el trabajo. El único común denominador es que hay una mujer que sufre violencia y un hombre que la ejerce. Entender eso implica asumir de manera consciente el rol social que tenemos asignado y la responsabilidad que tenemos – consciente o inconscientemente – en la perpetuación de esa realidad; dejar de pensar en singular y pensar en plural, en colectivo. La otra cuestión que cabe recordarle a Marías, en relación con las mujeres que efectivamente han sido víctimas de cualquier tipo de agresión, es que además de víctimas son supervivientes, pero para creerlas a veces necesitamos que se queden solo en la primera fase. Es bien conocido por todos el caso de la violación grupal de San Fermín, e igualmente conocido es el vídeo (¡de un detective privado!) que presentó el abogado de los acusados como supuesta prueba de que no había habido tal violación, basándose en que la chica había tenido una vida normal después de los hechos, algo impensable para quien se dice víctima de una violación. Miente fijo. No somos nosotras las que nos queremos víctimas, Marías. Nos piden serlo para creernos.

Eso me lleva a la segunda pseudoverdad de la que habla, la creencia de que las mujeres nunca mienten (¡prometo que ya acabo!). Lo formula de esa manera, más correcta, más científica, porque hablar abiertamente de las denuncias falsas le lleva a un territorio de sobra transitado y que sabe no pasa el mínimo filtro, pero es lo que hay detrás de esta afirmación. Marías alega que creer que las mujeres nunca mienten convierte automáticamente en culpables a los hombres acusados a través de un juicio popular sin garantías ni un mínimo respeto a la presunción de inocencia, y eso acaba abriendo la puerta a la barra libre de venganzas, revanchas, calumnias, difamaciones y ajustes de cuentas (¡ahora sí aparece la riqueza lingüística!). Pero el escritor confunde los tribunales con el apoyo social. Para él son un problema las mujeres que mienten (¿de verdad tenemos que volver a sacar las cifras de denuncias falsas?) pero no las mujeres que no son creídas a tiempo. Y ahí es donde entran las manifestaciones masivas de apoyo, cuando se observa que sistemáticamente se nos pone en duda y se cuestiona nuestra moralidad, nuestra decencia y nuestra credibilidad en lugar de dirimir, con garantías y de acuerdo con las leyes que nos hemos dado, si se ha producido o no una agresión. Es eso lo que se impugna y no el Estado de Derecho. Es este último el que queremos que se cumpla. Para todos.

Si lo que realmente le preocupa a Marías es el estado de la Justicia, debería dejar de escribir sobre denuncias falsas y empezar a escribir sobre las verdaderas. Por ejemplo, sobre las mujeres que, después de interponer una denuncia y conseguir una orden de alejamiento, son igualmente asesinadas por sus parejas. O son asesinados sus hijos. O todos ellos. ¿Dónde está el Estado en esos casos? ¿Dónde están los intelectuales con voz en los medios para poner la que ellas ya no tienen?

Supongo que escribiendo artículos sobre cómo este feminismo descontrolado, exagerado y sin matices está acabando con la Democracia.

Hay que joderse.

La Bella y la Bestia: una relectura feminista

El pasado mes de marzo se estrenaba en los países hispanohablantes la última adaptación del ya tradicional cuento de hadas La Bella y la Bestia y, pocos días después de su estreno, la Policía Nacional de Ecuador sorprendía a todos con un cartel en el que Bella aparecía con la cara magullada, se entiende, como resultado de la violencia de la Bestia. La Policía buscaba con ello aprovechar el tirón de la película para lanzar una nueva campaña en contra de la violencia de género. El mensaje acompañado por el cartel rezaba así: 

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Dejando a un lado lo que, en mi opinión, fue un acierto por parte de la Institución, lo cierto es que La Bella y la Bestia esconde en sus personajes y su historia muchas reflexiones que, lejos de representar otra versión más de los cuentos de princesas inertes a los que estamos acostumbrados, se insertan dentro de las reivindicaciones feministas actuales e históricas.

Si fijamos la atención en los personajes de Bella y Gastón en vez de en los de Bella y Bestia, advertimos fácilmente que el verdadero antagonismo se da entre ellos y no entre los segundos.

Cada uno de ellos representa una terna de ideas que no es casual, ni nueva. En ella confluyen la bondad (manifestada como solidaridad y pacifismo), la sabiduría y la condición de mujer. Bella sueña con otros mundos a la altura de sus anhelos y encuentra en los libros una vía de escape que la transporta a través del tiempo y el espacio sin salir del pequeño pueblo en el que vive. Cuando su padre es secuestrado por Bestia y debe sustituirlo para salvar su vida no lo duda ni un segundo, probando su valentía y el amor hacia su progenitor. Pero su coraje -y su amor- no acaba ahí, porque una vez en el Castillo, y aun estando encarcelada, su actitud sigue siendo desafiante al mismo tiempo que no renuncia a sacar lo mejor de Bestia. Y lo consigue. 

control your temper

La asociación entre bondad y sabiduría, así como la representación de la mujer como símbolo de rebeldía pacífica y resistencia frente al tirano han sido una imagen recurrente a lo largo de toda la Historia del pensamiento, la literatura y la realidad misma. Lo vimos en la Antígona de Sófocles, máxima representante de la misma, y lo seguimos viendo hoy en día en cada punto del mundo.

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En orden de aparición: mujer con flor frente a soldados en el Pentágono, Washington, 1967; Saffiyah Khan frente a Ian Crossland, líder del grupo de extrema derecha English Defence League (EDL), Birmingham, abril 2017; Maria-Teresa Asplund frente al ultraderechista Movimiento de Resistencia Nórdica (NRM), Estocolmo, mayo 2017; Lucie, niña scout frente a una manifestación organizada por el DSSS, partido de extrema derecha, Brno (República Checa), mayo 2017; y fotograma de La Bella y la Bestia. La similitud entre las imágenes habla por sí sola.

Cuando hablamos de feminismo, no solo hablamos de la incorporación de las mujeres a un mundo de hombres, es decir, un mundo hecho por los hombres, a medida para los hombres (que copan el espacio público y privado) y bajo la perspectiva que les proporciona su posición personal y social en el mundo. Hablamos también de cambiar las normas por las que nos regimos, de sustituir los modelos de liderazgo masculino basados en la imposición y la violencia por otros más inclusivos, solidarios y pacíficos que faciliten la convivencia en armonía; es decir, más femeninos. No porque todas las mujeres sean automáticamente más pacíficas que los hombres, sino porque requieren cualidades tradicionalmente atribuidas a la mujer. Si bien en el fotograma aparece Bestia y no Gastón, es este último el que representa el modelo masculino -y machista- del que hablaba más arriba y que aparece representado en los hombres de las fotografías, la otra terna de ideas: la ignorancia ligada a la violencia y ambas unidas a la masculinidad (nuevamente, no por el mero hecho de ser hombre sino por las cualidades atribuidas y exigidas tradicionalmente a los hombres, como la fuerza).

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A medio camino entre estos dos modelos, en los que el antagonismo es puro e integral (la buena es completamente buena y el malo es completamente malo), encontramos el personaje de Bestia que, a pesar de ser estéticamente el más alejado del rostro humano, es el que mejor refleja su condición. Es bastante improbable encontrar Bellas y Gastones en la vida real, ya que la realidad es a menudo compleja y está llena de claroscuros, pero todos somos un poco como la Bestia: tenemos distintas facetas -mejores y peores- que se manifiestan y desaparecen en función de la situación y de las decisiones que tomamos, es decir, tenemos la capacidad de elegir y, sobre todo, la capacidad de cambiar y evolucionar. La Bella y la Bestia supone una defensa del modelo que representa Bella (el modelo femenino-feminista), el triunfo de la mejor faceta de cada uno, del amor libre, la solidaridad y el pacifismo frente a la violencia, la imposición y la guerra.

El cuento original

Como muchas de las historias de Disney, La Bella y la Bestia está basada en otra anterior, en este caso, en un cuento tradicional francés del siglo XVIII del que se conocen diversas versiones. Las más conocidas son las de la escritora Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve (1740), autora de la primera versión, y la de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont (1756), autora de la versión más conocida, que supone una revisión muy abreviada de la original. Más allá del análisis que se pueda extraer de la película a la luz de la sociedad de hoy, indagando un poco sobre las versiones originales del cuento se comprueba que el carácter feminista que hoy se le puede atribuir no nace solo de la evolución de esta línea de pensamiento sino que en su versión inicial ya tenía un claro mensaje de denuncia. No por casualidad sus autoras, en ambas versiones, son mujeres; y no por casualidad su origen se remonta al siglo XVIII, momento en el que las mujeres empezaron a escribir de manera más generalizada, especialmente en lo que concierne a las novelas.

Como ya lo fuera la Elizabeth Bennet de Jane Austen en Orgullo y Prejuicio, Bella se muestra prácticamente como un álter ego de su autora, que transmite a través del personaje sus propias aspiraciones, frustradas dentro de una sociedad de hombres. Bella, como la escritora, encuentra en los libros lo que la sociedad le niega, y sueña con un mundo en el que sus deseos tengan cabida.

Todas las readaptaciones de la historia se han basado en la versión de Beaumont, incluida la de Disney, que sigue el esquema tradicional de los cuentos de hadas. Sin embargo, la versión original de Villeneuve, mucho más extensa que esta, recoge a través de sus personajes principales y de un largo elenco de personajes secundarios todos los entresijos de la vida en sociedad, realizando una crítica severa a los matrimonios de conveniencia a los que se sometía a las mujeres de la época.

Más allá incluso de la crítica a la subordinación sistemática de la mujer a los deseos del hombre (padre o esposo), se deja entrever una crítica más profunda aún, la de una sociedad superficial en la que precio es igual a valor. En la versión inicial del cuento, Bella era hija de un rico mercader y hermana de dos muchachas presuntuosas y vanidosas. Sus hermanas – que recuerdan bastante a las hermanastras de Cenicienta – rechazaban a todos sus pretendientes esperando encontrar un noble que se casase con ellas, pero cuando el mercader pierde todas sus riquezas, estas pierden con ellas a todos los candidatos, que dejan de cortejarlas para buscar otras mujeres con mejores dotes. Cierto día, uno de los barcos del mercader llega al puerto con mercancías, y las hijas mayores le piden que les traiga joyas y vestidos, mientras que Bella solo le pide una simple rosa. Regresando a casa, el padre de las tres jóvenes se pierde en el bosque y llega al castillo de la Bestia, y el resto de la historia transcurre más o menos como en las versiones posteriores. La rosa ha sido símbolo de numerosas cosas a lo largo de la Historia; de paz, de perfección, de amor y, sin lugar a dudas, de sencillez. El personaje de Bella se convierte, pues, en una reivindicación de la sencillez y la humildad frente a la vanidad de la sociedad, reflejada en sus hermanas y en los candidatos que las cortejaban.

Quizá es ambicioso atribuirle todas estas reivindicaciones a la historia de La Bella y la Bestia ya que, inevitablemente, se entremezclan las intenciones reales de la autora con la mirada del que observa, que no está libre de los filtros del tiempo y el espacio en que vive. Sin embargo, creo que analizar el cuento desde una perspectiva feminista es en cualquier caso provechoso e instructivo, y puede ser útil a la hora de examinar otros cuentos tradicionales.