Cultos ignorantes

Es difícil tener el mismo grado de conocimiento o entendimiento sobre todas las cuestiones que entran en el debate público (que, en general, cada vez son menos), pero más difícil aún es contener la tentación de opinar sobre esos temas de los que sabemos menos. O poco. O nada. Todos lo hacemos, no es tan grave si se hace con prudencia. El problema viene cuando uno no es consciente de su propio desconocimiento y además hace gala de él como quien presume de un traje nuevo. Es ahí cuando uno se convierte en un ignorante. Y en un ignorante peligroso si además tienes voz en los medios de comunicación.

Javier Marías sabe menos, poco o nada sobre feminismo, pero se sigue empeñando – no sé si por el placer de la provocación o por el simple afán de llamar la atención – en llenar sus columnas de falacias sobre él (y sobre ellas: las feministas), en las que la precaución brilla por su ausencia. Hacía ya bastantes días que no escribía sobre el tema pero el clamor popular le estaba pidiendo a gritos que escribiera el siguiente artículo, que llegó antes de ayer en forma de columna en El País Semanal, Ojo con la barra libre. Y yo me he tomado la licencia de contestarle a algunos de sus argumentos (a todas sus falacias, en realidad).

Su artículo comienza aceptando que rebelarse contra las violaciones, el acoso o los tocamientos no consentidos es “algo bueno” (para ser escritor, hay que ver qué elección tan pobre de palabras, ¡con la de alternativas que hay! Sugerencia: es una cuestión de Justicia.),  PERO (siempre hay un pero) deja de ser tan bueno cuando se exagera o se anulan los matices. Por no llevarle la contraria en todo, aceptemos que ahí es cuando algo degenera y tomemos como parámetros para analizar su columna la exageración y la ausencia de matices.

En lo que respecta a la primera no cuesta mucho encontrar la mayor desproporción. El segundo párrafo habla de las dos pseudoverdades en las que se asienta, según él, el movimiento #MeToo (“y otros”, no sabemos cuáles) y a las que me referiré posteriormente: la creencia de que las mujeres siempre son víctimas y la creencia de que las mujeres nunca mienten. De pseudoverdad pasa a hablar de perversión de la Justicia y de ahí a compararnos con la Inquisición y con las principales dictaduras del siglo XX. Todo en cuatro líneas, sin matices y sin un vaso de agua para digerirlo mejor. Malditas feministas, todo el día asesinando y vulnerando los derechos humanos.

OH. WAIT. 

La falta de matices, por otro lado, es lo que más predomina en todo el texto, lo que le acaba llevando a simplificar y reducir la realidad hasta falsearla por completo. En primer lugar señala como momento del “estallido” el caso Weinstein y derivados, y señala que ya en 1910 se acuñó la expresión couch casting para referirse a ese tipo de prácticas, que si bien le parecen repugnantes, no contienen violencia (¿?), pues se trata más bien de una transacción (¿?) a la que las mujeres podían/pueden negarse. Que en 1910 ya existiera un término para designar esa realidad que todavía hoy se mantiene da buena muestra de la capacidad del patriarcado para sobrevivir a todos los cambios sociales y políticos que hemos atravesado en el último siglo. El machismo es transversal, permanente y cada vez más sofisticado. Su perdurabilidad, de la que el propio Marías da fe sacando a colación el término mencionado, debería darle alguna pista de hasta qué punto se trata de una cuestión sistémica y no de meros casos aislados que aparecen ahora por oportunismo o conveniencia, una visión que deja entrever en no pocos de sus artículos.

Sin embargo, lo que más asombra (la costumbre hace que cada vez menos) es la descripción que hace de estas escenas. En ellas no hay violencia, se produce una transacción en la que hay beneficios mutuos y siempre cabe responder no. Se me ocurren pocas valoraciones en las que se pueda apreciar tanta ausencia de matices como en esta. Afirmar que ese tipo de prácticas no encierran violencia es no entender nada de lo que significa el poder, es creer que el obrero entra a negociar con su patrón en igualdad de condiciones. En el momento en el que hay un desequilibrio de poder, y no creo que sea necesario explicar cuál es ese desequilibrio aquí, existe la posibilidad de ejercer la violencia porque existe la posibilidad de que el beneficiado de ese equilibrio abuse de su poder, que es exactamente lo que han hecho Weinstein y otros tantos a lo largo de toda su carrera profesional, y todo con el beneplácito de sus compañeros y de una sociedad que perpetúa los valores sobre los que se construyen y respaldan ese tipo de comportamientos. La violencia está en la intimidación, en el saberte en manos de otra persona, tanto profesionalmente como personalmente, en el sentir que no puedes decir no. Marías habla de pseudoverdades pero, ¿hay mayor pseudoverdad que la falacia de la libre elección? ¿Se puede elegir libremente cuando absolutamente todas las condiciones que posibilitan el ejercicio de la libertad están ausentes en una situación? Pero vayamos más allá, aceptemos que algunas han podido decir no. Cabría recordarle a Marías que el movimiento #MeToo surgió porque muchas dijeron no y ese no no fue respetado. Porque una mujer no tiene derecho a decirle que no a un hombre poderoso, especialmente si quieres ganarte la vida como actriz. A este escritor le parece que querer que nos den oportunidades únicamente por nuestro talento es pensar con “excesiva ingenuidad”. Y yo me pregunto por cuántos couch casting tuvo que pasar él para que le publicasen sus primeras novelas. Imagino que por muchos, porque solo alguien que ha vivido esa experiencia en primera persona se permitiría afirmar todo lo que dice con la rotundidad de quien se cree poseedor de la verdad absoluta.

La cuestión de los mutuos beneficios producto de esa transacción parece igualmente innecesaria de rebatir porque cae por su propio peso. Transacción implica Trabajo = salario (acorde al trabajo que desempeñas), todo lo que se sume a esa ecuación está fuera de lugar, máxime cuando vulnera la más básica integridad física. Eso, como decía, es violencia en estado puro, haya o no un guantazo de por medio (o peor). No existen beneficios mutuos, solo el aprovechamiento de una de las partes.

A continuación habla de las “no pocas mujeres” que han buscado a hombres viejos, ricos y desagradables exclusivamente por “interés y provecho”. Vamos a ver si entendemos una cosa. Que haya celebrities  (no nos engañemos, ese es el perfil de mujer al que se refiere) que por razones X, pongamos que interés y provecho, se casen con hombres con poder que además son despreciables, es más un asunto de la prensa rosa que una prueba de cómo las mujeres exageramos o cómo en realidad sacamos beneficio de este pacto unipolar en el que el hombre manda y la mujer calla. En el mundo hay más de 7000 millones de personas, de las que al menos la mitad son mujeres. ¿Cuántas mujeres cumplen con ese perfil? ¿30? ¿50? ¿1000? ¿Es acaso mínimamente representativo? Evidentemente no. Sin embargo da igual qué país elijas, en qué momento de la Historia, qué raza, etnia o religión intervenga, la desigualdad entre hombres y mujeres SIEMPRE encuentra respaldo en las estadísticas (bastante más representativas que los ejemplos que recoge Marías). Porque no olvidemos, y parece mentira que aún haya que recordarlo, que para hablar de cuestiones sociales hay que diferenciar entre lo individual y lo social. Es decir, entre los casos particulares y los patrones que se repiten y perpetúan a lo largo del tiempo y que indican que hay uno o varios factores estables que están determinando o condicionando una realidad determinada. Si son tantas las mujeres que cumplen el perfil que señala Marías, le invito a que lo respalde con algo más que su retórica.

Por último, como ya había adelantado, tenemos esas dos pseudoverdades en las que se supone nos apoyamos y que suponen la perversión más absoluta de la justicia. En primer lugar está la creencia de que las mujeres siempre son víctimas. A esto cabe responder dos cosas. La primera es que, como vengo de exponer, es necesario diferenciar lo particular de lo social. No todas las mujeres individualmente son víctimas, de la misma manera que no todos los hombres individualmente son victimarios. Pero, a nivel social, agregado, general, vivimos inmersos en un sistema ideológico que le da un estatus social diferente al hombre y a la mujer y que se perpetúa en el tiempo porque se transmite de generación en generación a través de las instituciones, las relaciones informales que mantenemos con los demás e incluso las que mantenemos con nosotros mismos. Como resultado obtenemos que ser mujer es, todavía hoy en día, un factor de riesgo. El único, de hecho. Porque nos agreden de día y de noche, tapadas y con minifalda. En el metro, en la calle, en nuestras casas, en el trabajo. El único común denominador es que hay una mujer que sufre violencia y un hombre que la ejerce. Entender eso implica asumir de manera consciente el rol social que tenemos asignado y la responsabilidad que tenemos – consciente o inconscientemente – en la perpetuación de esa realidad; dejar de pensar en singular y pensar en plural, en colectivo. La otra cuestión que cabe recordarle a Marías, en relación con las mujeres que efectivamente han sido víctimas de cualquier tipo de agresión, es que además de víctimas son supervivientes, pero para creerlas a veces necesitamos que se queden solo en la primera fase. Es bien conocido por todos el caso de la violación grupal de San Fermín, e igualmente conocido es el vídeo (¡de un detective privado!) que presentó el abogado de los acusados como supuesta prueba de que no había habido tal violación, basándose en que la chica había tenido una vida normal después de los hechos, algo impensable para quien se dice víctima de una violación. Miente fijo. No somos nosotras las que nos queremos víctimas, Marías. Nos piden serlo para creernos.

Eso me lleva a la segunda pseudoverdad de la que habla, la creencia de que las mujeres nunca mienten (¡prometo que ya acabo!). Lo formula de esa manera, más correcta, más científica, porque hablar abiertamente de las denuncias falsas le lleva a un territorio de sobra transitado y que sabe no pasa el mínimo filtro, pero es lo que hay detrás de esta afirmación. Marías alega que creer que las mujeres nunca mienten convierte automáticamente en culpables a los hombres acusados a través de un juicio popular sin garantías ni un mínimo respeto a la presunción de inocencia, y eso acaba abriendo la puerta a la barra libre de venganzas, revanchas, calumnias, difamaciones y ajustes de cuentas (¡ahora sí aparece la riqueza lingüística!). Pero el escritor confunde los tribunales con el apoyo social. Para él son un problema las mujeres que mienten (¿de verdad tenemos que volver a sacar las cifras de denuncias falsas?) pero no las mujeres que no son creídas a tiempo. Y ahí es donde entran las manifestaciones masivas de apoyo, cuando se observa que sistemáticamente se nos pone en duda y se cuestiona nuestra moralidad, nuestra decencia y nuestra credibilidad en lugar de dirimir, con garantías y de acuerdo con las leyes que nos hemos dado, si se ha producido o no una agresión. Es eso lo que se impugna y no el Estado de Derecho. Es este último el que queremos que se cumpla. Para todos.

Si lo que realmente le preocupa a Marías es el estado de la Justicia, debería dejar de escribir sobre denuncias falsas y empezar a escribir sobre las verdaderas. Por ejemplo, sobre las mujeres que, después de interponer una denuncia y conseguir una orden de alejamiento, son igualmente asesinadas por sus parejas. O son asesinados sus hijos. O todos ellos. ¿Dónde está el Estado en esos casos? ¿Dónde están los intelectuales con voz en los medios para poner la que ellas ya no tienen?

Supongo que escribiendo artículos sobre cómo este feminismo descontrolado, exagerado y sin matices está acabando con la Democracia.

Hay que joderse.

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La Bella y la Bestia: una relectura feminista

El pasado mes de marzo se estrenaba en los países hispanohablantes la última adaptación del ya tradicional cuento de hadas La Bella y la Bestia y, pocos días después de su estreno, la Policía Nacional de Ecuador sorprendía a todos con un cartel en el que Bella aparecía con la cara magullada, se entiende, como resultado de la violencia de la Bestia. La Policía buscaba con ello aprovechar el tirón de la película para lanzar una nueva campaña en contra de la violencia de género. El mensaje acompañado por el cartel rezaba así: 

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Dejando a un lado lo que, en mi opinión, fue un acierto por parte de la Institución, lo cierto es que La Bella y la Bestia esconde en sus personajes y su historia muchas reflexiones que, lejos de representar otra versión más de los cuentos de princesas inertes a los que estamos acostumbrados, se insertan dentro de las reivindicaciones feministas actuales e históricas.

Si fijamos la atención en los personajes de Bella y Gastón en vez de en los de Bella y Bestia, advertimos fácilmente que el verdadero antagonismo se da entre ellos y no entre los segundos.

Cada uno de ellos representa una terna de ideas que no es casual, ni nueva. En ella confluyen la bondad (manifestada como solidaridad y pacifismo), la sabiduría y la condición de mujer. Bella sueña con otros mundos a la altura de sus anhelos y encuentra en los libros una vía de escape que la transporta a través del tiempo y el espacio sin salir del pequeño pueblo en el que vive. Cuando su padre es secuestrado por Bestia y debe sustituirlo para salvar su vida no lo duda ni un segundo, probando su valentía y el amor hacia su progenitor. Pero su coraje -y su amor- no acaba ahí, porque una vez en el Castillo, y aun estando encarcelada, su actitud sigue siendo desafiante al mismo tiempo que no renuncia a sacar lo mejor de Bestia. Y lo consigue. 

control your temper

La asociación entre bondad y sabiduría, así como la representación de la mujer como símbolo de rebeldía pacífica y resistencia frente al tirano han sido una imagen recurrente a lo largo de toda la Historia del pensamiento, la literatura y la realidad misma. Lo vimos en la Antígona de Sófocles, máxima representante de la misma, y lo seguimos viendo hoy en día en cada punto del mundo.

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En orden de aparición: mujer con flor frente a soldados en el Pentágono, Washington, 1967; Saffiyah Khan frente a Ian Crossland, líder del grupo de extrema derecha English Defence League (EDL), Birmingham, abril 2017; Maria-Teresa Asplund frente al ultraderechista Movimiento de Resistencia Nórdica (NRM), Estocolmo, mayo 2017; Lucie, niña scout frente a una manifestación organizada por el DSSS, partido de extrema derecha, Brno (República Checa), mayo 2017; y fotograma de La Bella y la Bestia. La similitud entre las imágenes habla por sí sola.

Cuando hablamos de feminismo, no solo hablamos de la incorporación de las mujeres a un mundo de hombres, es decir, un mundo hecho por los hombres, a medida para los hombres (que copan el espacio público y privado) y bajo la perspectiva que les proporciona su posición personal y social en el mundo. Hablamos también de cambiar las normas por las que nos regimos, de sustituir los modelos de liderazgo masculino basados en la imposición y la violencia por otros más inclusivos, solidarios y pacíficos que faciliten la convivencia en armonía; es decir, más femeninos. No porque todas las mujeres sean automáticamente más pacíficas que los hombres, sino porque requieren cualidades tradicionalmente atribuidas a la mujer. Si bien en el fotograma aparece Bestia y no Gastón, es este último el que representa el modelo masculino -y machista- del que hablaba más arriba y que aparece representado en los hombres de las fotografías, la otra terna de ideas: la ignorancia ligada a la violencia y ambas unidas a la masculinidad (nuevamente, no por el mero hecho de ser hombre sino por las cualidades atribuidas y exigidas tradicionalmente a los hombres, como la fuerza).

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A medio camino entre estos dos modelos, en los que el antagonismo es puro e integral (la buena es completamente buena y el malo es completamente malo), encontramos el personaje de Bestia que, a pesar de ser estéticamente el más alejado del rostro humano, es el que mejor refleja su condición. Es bastante improbable encontrar Bellas y Gastones en la vida real, ya que la realidad es a menudo compleja y está llena de claroscuros, pero todos somos un poco como la Bestia: tenemos distintas facetas -mejores y peores- que se manifiestan y desaparecen en función de la situación y de las decisiones que tomamos, es decir, tenemos la capacidad de elegir y, sobre todo, la capacidad de cambiar y evolucionar. La Bella y la Bestia supone una defensa del modelo que representa Bella (el modelo femenino-feminista), el triunfo de la mejor faceta de cada uno, del amor libre, la solidaridad y el pacifismo frente a la violencia, la imposición y la guerra.

El cuento original

Como muchas de las historias de Disney, La Bella y la Bestia está basada en otra anterior, en este caso, en un cuento tradicional francés del siglo XVIII del que se conocen diversas versiones. Las más conocidas son las de la escritora Gabrielle-Suzanne Barbot de Villeneuve (1740), autora de la primera versión, y la de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont (1756), autora de la versión más conocida, que supone una revisión muy abreviada de la original. Más allá del análisis que se pueda extraer de la película a la luz de la sociedad de hoy, indagando un poco sobre las versiones originales del cuento se comprueba que el carácter feminista que hoy se le puede atribuir no nace solo de la evolución de esta línea de pensamiento sino que en su versión inicial ya tenía un claro mensaje de denuncia. No por casualidad sus autoras, en ambas versiones, son mujeres; y no por casualidad su origen se remonta al siglo XVIII, momento en el que las mujeres empezaron a escribir de manera más generalizada, especialmente en lo que concierne a las novelas.

Como ya lo fuera la Elizabeth Bennet de Jane Austen en Orgullo y Prejuicio, Bella se muestra prácticamente como un álter ego de su autora, que transmite a través del personaje sus propias aspiraciones, frustradas dentro de una sociedad de hombres. Bella, como la escritora, encuentra en los libros lo que la sociedad le niega, y sueña con un mundo en el que sus deseos tengan cabida.

Todas las readaptaciones de la historia se han basado en la versión de Beaumont, incluida la de Disney, que sigue el esquema tradicional de los cuentos de hadas. Sin embargo, la versión original de Villeneuve, mucho más extensa que esta, recoge a través de sus personajes principales y de un largo elenco de personajes secundarios todos los entresijos de la vida en sociedad, realizando una crítica severa a los matrimonios de conveniencia a los que se sometía a las mujeres de la época.

Más allá incluso de la crítica a la subordinación sistemática de la mujer a los deseos del hombre (padre o esposo), se deja entrever una crítica más profunda aún, la de una sociedad superficial en la que precio es igual a valor. En la versión inicial del cuento, Bella era hija de un rico mercader y hermana de dos muchachas presuntuosas y vanidosas. Sus hermanas – que recuerdan bastante a las hermanastras de Cenicienta – rechazaban a todos sus pretendientes esperando encontrar un noble que se casase con ellas, pero cuando el mercader pierde todas sus riquezas, estas pierden con ellas a todos los candidatos, que dejan de cortejarlas para buscar otras mujeres con mejores dotes. Cierto día, uno de los barcos del mercader llega al puerto con mercancías, y las hijas mayores le piden que les traiga joyas y vestidos, mientras que Bella solo le pide una simple rosa. Regresando a casa, el padre de las tres jóvenes se pierde en el bosque y llega al castillo de la Bestia, y el resto de la historia transcurre más o menos como en las versiones posteriores. La rosa ha sido símbolo de numerosas cosas a lo largo de la Historia; de paz, de perfección, de amor y, sin lugar a dudas, de sencillez. El personaje de Bella se convierte, pues, en una reivindicación de la sencillez y la humildad frente a la vanidad de la sociedad, reflejada en sus hermanas y en los candidatos que las cortejaban.

Quizá es ambicioso atribuirle todas estas reivindicaciones a la historia de La Bella y la Bestia ya que, inevitablemente, se entremezclan las intenciones reales de la autora con la mirada del que observa, que no está libre de los filtros del tiempo y el espacio en que vive. Sin embargo, creo que analizar el cuento desde una perspectiva feminista es en cualquier caso provechoso e instructivo, y puede ser útil a la hora de examinar otros cuentos tradicionales.

Segunda vuelta a los años 30

111 Le Pen-Macron

Foto: La Vanguardia

En La Aurora de Nueva York, García Lorca toma prestadas algunas de las metáforas más clásicas y las envenena por dentro: las palomas, lejos de representar paz o promesas de futuro, se tornan negras y huracanadas en un agua que ya no fluye ni purifica; está estanca, podrida. La aurora llega y nadie la recibe en su boca, porque allí no hay mañana ni esperanza posible. El poema, originalmente titulado Obrero parado, hacía una descripción tan bella como dolorosa del panorama desolador que había dejado el Capitalismo en la ciudad americana. Corrían los años 30 y el fascismo ya asomaba la cabeza.

A una le gustaría pensar que cuando se ha vivido el horror de lo impensable las sociedades desarrollan algo así como un mecanismo defensor para evitar que vuelva a suceder, pero lo cierto es que a 2017 las cosas no han cambiado tanto, y cada elección que tiene lugar en Europa parece funcionar como una máquina del tiempo que nos envía de vuelta a nuestros peores recuerdos. Y esta vez le ha tocado a Francia. Once candidatos, once proyectos y, una vez más, las opciones vuelven a ser neoliberalismo o fascismo. Es decir, el caos o el Caos.

Por un lado, la rosa azul de Le Pen. Como hiciera Lorca con sus palomas -con un fin mucho menos vil-, la representante de la extrema derecha francesa retuerce los conceptos hasta vaciarlos de contenido o convertirlos en su contrario. Tras el disfraz de mujer concienciada con los problemas de su género, Le Pen transforma el feminismo en un arma contra el islam al mismo tiempo que declara, ante un público que la aplaude fervientemente, que se ha reunido (lea, simpatiza) con Putin, que viene de despenalizar la violencia de género en su país. Y lo mismo ocurre con la tan preciada – y precaria – laicidad que, lejos de contribuir a la convivencia pacífica entre comunidades, es utilizada como instrumento de perpetuación de los desequilibrios de poder entre las mismas. Es decir, como un arma contra el islam. Y así continúa una lista innumerable de ideas y valores que, como la rosa roja, comienzan a sucumbir a la ponzoña azul con la que las atraviesa. Sostener que Le Pen es fascista y que el fascismo vuelve a correr por la sangre europea no es banalizar sobre lo que este es o fue sino entender que el peligro es permanente, incluso aunque vuelva a quedarse a las puertas como en 2002, porque hay espacios que ya ha ganado y que no va a ser fácil recuperar.

La alternativa no es mucho más consoladora. Macron ha anunciado en varias ocasiones que un gobierno con él a la cabeza no sería ni de derecha ni de izquierda. Es decir, ni de izquierda ni de izquierda. La experiencia nos dice que cuando un político apela a la estabilidad y el realismo político, o cuando apela a conceptos superiores y abstractos como la Patria (vendiendo algo así como una solución para todos los gustos), lo que en realidad nos está diciendo es que va a aplicar las políticas neoliberales sin que parezcan neoliberales: en dosis más reducidas y con un lenguaje más bonito, o sea, más eufemístico. Básicamente lo que ha hecho la socialdemocracia europea en los últimos tiempos, con el agravante de que esta lo ha hecho en nombre de la izquierda. Por eso cuando los resultados parecen definitivos y el joven ex banquero comienza a dar las gracias a los que, en el último año, le han “ayudado a cambiar el rostro de la vida política francesa”, no sé si irritarme una vez más o dejar que me invada el cansancio. Porque si algo representa la candidatura de En Marche! es el extremo continuismo. Más de las políticas que han convertido al Estado en un aliado del Capitalismo en vez de en su contención. Y más de las políticas que han contribuido como actor principal al ascenso de los neofascismos (y, de seguir por ese camino, a su llegada al poder).

Así las cosas, ante una segunda vuelta entre la extrema derecha y el extremo centro, parece que cualquier victoria será en realidad una nueva derrota para el Pueblo que, en el mejor de los casos, encontrará el último resquicio de esperanza en las elecciones legislativas de junio.

Hoy, como siempre, Francia es el espejo de nuestras esperanzas y nuestras frustraciones y, para todos los que creemos cierto eso de que todo hombre tiene dos patrias: una, la suya; la otra, Francia, hoy la patria nos duele un poco más que ayer.